El teléfono se me resbaló de las manos, hundiéndose despacito conmigo en el agua negra del mar.
No sabía si Samuel del otro lado del teléfono había dicho algo, estiré los brazos esperando que me llegara la muerte.
Al segundo siguiente, alguien me abrazó, me sacó a la superficie del mar, me subió bien firme a una lancha rápida.
Me envolvieron en toallas secas, y la reanimación cardiopulmonar me hizo escupir varios tragos de agua salada del mar. En mis labios sentí una textura suave. ¡Era respirac