Gabriela dejó salir un pequeño jadeo, su respiración iba en aumento, al igual que el deseo de estar con Alan.
Alan rozó suavemente su nariz, en el cuello de Gabriela, haciendo que todo su cuerpo se tensara por completo.
—¡Es mejor que salgas de mi habitación! —musitó Gabriela. Lo deseaba, claro que si, solo se debatía entre la razón y el corazón.
—No me pidas que me vaya, ¡Gabriela!, ¿Pídeme que me quede está noche junto a ti?, sé que tú también me amas, lo sé, tu cuerpo no miente —dijo Alan a