Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Anderson
El abrazo de Luca era cálido, familiar, imposible.
Dos años se disolvieron en aquel instante. El olor a champú infantil, la forma en que se aferraba a mi cuello como si yo fuera su única ancla en medio de un océano embravecido... todo era exactamente igual a aquel día en que lo arranqué de las llamas.
Pero el momento duró menos que un parpadeo. Una voz cortó el aire como una hoja de acero:
—¿Quién es usted? ¿Y de dónde conoce a mi hijo?
Levanté la mirada despacio. El hombre era alto, de hombros anchos bajo un impecable traje gris que parecía demasiado caro para existir en el mismo planeta que yo. Cabello rubio perfectamente peinado, ojos azules tan pálidos que parecían hechos de hielo resquebrajado.
Damien Knight.
No necesité un gafete para saber quién era; lo reconocía por las revistas que veía en la cafetería, pero verlo de cerca era diferente. Desprendía un poder que asfixiaba. Su nombre estaba grabado en cada placa y en cada puerta de cristal de aquel lugar, pero el dueño de ese nombre era mucho más aterrador que el logotipo de la empresa.
Me miraba como si yo fuera una plaga, una amenaza que debía ser erradicada.
Luca seguía aferrado a mí, con sus pequeños brazos rodeando firmemente mi cuello. No me soltaba. No decía nada. Solo temblaba levemente, con el rostro hundido en mi hombro, respirando deprisa, preso del pánico silencioso de que volviera a desaparecer entre el humo.
Damien dio un paso al frente. Todo el pasillo pareció encogerse bajo su presencia.
—Responda. ¿Quién es usted?
Marina intervino de inmediato, con la voz oscilando entre el profesionalismo y el nerviosismo.
—Señor Knight, ella es Emma Anderson. Vino para la entrevista del puesto de limpieza nocturna. Ya estábamos terminando el proceso en Recursos Humanos. Estaba a punto de irse.
Los ojos de él ni siquiera se desviaron hacia Marina. Seguían clavados en mí, analizando la forma en que su hijo se negaba a soltarme.
Al fondo escuché el susurro de una de las empleadas, un murmullo de sorpresa que rompió el silencio del pasillo.
—Dios mío... el niño nunca deja que nadie se le acerque... no habla con nadie desde el accidente.
Un escalofrío me recorrió la nuca. Miré la coronilla rubia de Luca, incapaz de comprender el peso de aquel abrazo, hasta que la voz de Damien Knight me devolvió a la realidad, cargada de una peligrosa desconfianza.
—Mi hijo no permite que los extraños lo toquen. Nunca. —Su voz era baja, pero vibraba con una autoridad que exigía una explicación imposible—. Así que se lo preguntaré una vez más: ¿por qué está aferrándose a usted como si la conociera de toda la vida?
Luca levantó el rostro despacio. Sus ojos verdes, inundados de lágrimas, encontraron los míos. No habló. Nunca hablaba, por lo que recordaba de las noticias que leí en los meses posteriores al accidente. Pero extendió una manita temblorosa y me acarició el rostro, con la punta de los dedos comprobando que yo era de carne y hueso, no un fantasma.
Damien frunció el ceño. Durante una fracción de segundo, la máscara de frialdad se resquebrajó, dejando paso a una confusión sombría.
—Luca. Suéltala. Ahora.
El niño negó desesperadamente con la cabeza, clavando los deditos en mi blusa barata. De él escapó un sonido bajo, un gemido ronco que me partió el corazón.
—He dicho que la sueltes. —La voz de Damien cayó como un trueno contenido.
Se detuvo a mi lado y, con una firmeza incuestionable, arrancó al niño de mis brazos.
—Ahora tome a su niña —siseó, lanzándole una mirada de desprecio a Ellie—. Salga de mi empresa. Y no se atreva a volver.
Su tono estaba impregnado de una crueldad helada. Sentí que el corazón se me saltaba un latido y la manita de mi hermana apretó la mía con la fuerza de quien percibe el peligro.
—Señor Knight, por favor... —intentó intervenir Marina—. Emma necesita desesperadamente este trabajo. Su hermana está enferma y no tenía con quién dejarla. Ha sido un día terrible para ella.
Damien miró a Ellie, que se escondía detrás de mis piernas, con los ojos abiertos de puro terror. Después, su mirada azul volvió a posarse sobre mí, desprovista de cualquier rastro de empatía.
—Mi hijo no interactúa con extraños. Nunca. —Su voz seguía siendo baja, controlada, pero cargada de una amenaza implícita—. Si está utilizando su fragilidad para intentar conseguir algo en esta empresa, sepa que está cometiendo un error fatal. Váyase. Ahora. Antes de que pierda la paciencia.
—¡No es eso! —Las palabras escaparon de mi boca—. Lo juro, ni siquiera sabía que él...
Luca comenzó a forcejear en brazos de su padre con un movimiento brusco. Extendió los brazos hacia mí, inclinando peligrosamente el cuerpecito hacia delante, mientras lágrimas silenciosas bañaban su rostro. No gritaba, pero sus ojos suplicaban auxilio.
Damien ignoró el sufrimiento de su hijo. Con la palma de la mano le giró suavemente el rostro para apartarlo de mí; el gesto era delicado en la forma, pero absoluto en la autoridad. Después volvió a mirarme por última vez.
—No me obligue a llamar a seguridad, señorita Anderson.
Marina apoyó una mano en mi brazo y me hizo retroceder físicamente.
—Emma, vámonos. Por favor, vámonos.
Di un paso atrás. Luego otro, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. El pánico me subía por la garganta como una marea negra. Ellie se aferró a mi pierna, temblando de pies a cabeza.
—Yo... yo solo quería el trabajo... —susurré, pero mis palabras fueron tragadas por el mármol del vestíbulo.
Damien ni siquiera se molestó en responder. Se dio la vuelta con una elegancia glacial y se marchó llevándose a Luca. El niño siguió estirando sus pequeños brazos por encima del hombro de su padre, con los deditos abiertos hacia mí y el rostro empapado en un llanto silencioso. Fue la mirada más desesperada que he recibido en toda mi vida.
Los guardias de seguridad se acercaron, formando un muro de uniformes oscuros a mi alrededor. Uno de ellos murmuró, casi con compasión:
—Por favor, señorita. Salga con calma.
Tomé a Ellie en brazos. Estaba demasiado ligera, demasiado caliente, como una pequeña brasa a punto de apagarse. Caminé hacia el ascensor con las piernas temblorosas, mientras Marina avanzaba a mi lado intentando decir algo reconfortante que apenas podía procesar.
Entramos.
Las puertas comenzaron a cerrarse con un ruido metálico.
Mis ojos encontraron los de Damien por última vez a través de la rendija que se iba estrechando. Se había detenido en el pasillo. Su mirada era puro hielo, sin rastro aparente de ira, solo una indiferencia absoluta que me heló hasta el alma. Como si yo fuera un insecto bajo la suela de su zapato.
Pero entonces los ojos de Luca encontraron los míos. Se debatió ligeramente, intentando alcanzar el espacio que aún nos separaba. Sin emitir un sonido. Solo una despedida silenciosa y devastadora.
Las puertas se cerraron.
El ascensor descendió.
Afuera, el aire cortante de la calle me golpeó el rostro como una bofetada. El cielo seguía gris, el tráfico seguía rugiendo, la ciudad seguía siendo indiferente a mi ruina. Me sentía diminuta. Humillada. Derrotada.
Caminé unos metros, cargando a Ellie, mientras cada paso pesaba una tonelada. Las piernas me fallaron. Encontré un murete bajo en el jardín frente al edificio, un espacio de césped artificial rodeado de árboles delgados. Senté allí a Ellie con cuidado e intenté sacar la botella de agua de mi bolso. Me temblaban tanto las manos que apenas conseguía abrir la cremallera.
—Bebe un poquito, princesa... te hará bien...
Intentó beber, pero apenas movía los labios. La piel de su frente ardía bajo mis dedos. Su cuerpecito estaba flácido, inclinándose sin resistencia hacia un lado.
—¿Ellie?
Le acaricié el rostro. Estaba ardiendo. Sus ojos se volvieron hacia arriba y se cerraron lentamente.
—¡Ellie!
Su pequeño cuerpo se desplomó hacia delante. La sostuve antes de que golpeara el suelo. No pesaba nada y, sin embargo, en ese instante cargaba con el peso del mundo entero.
—No... no, por favor... ¡despierta!
El pánico estalló en mi pecho como una granada. Grité pidiendo ayuda, pero mi voz salió ronca, quebrada, ahogándose entre el ruido de los coches. La gente pasaba deprisa, con la vista clavada en sus teléfonos, sin detenerse. El mundo giraba a cámara lenta, perdiendo el color.
Ellie no se movía.







