Theo pasó de sentirse culpable a creer, con una nitidez cruel, que se había convertido en la burla ambulante de todos, a la vez que un zumbido oscuro le ocupó los oídos, como si el mundo entero hablara de él a sus espaldas y las paredes se encogieran para señalarlo.
La responsabilidad, el amor y sobre todo la culpa por haber dejado sola a Fayna, esa culpa que lo pinchaba desde el tiroteo, cuando ella había posado ambas manos sobre el vientre con un gesto instintivo de resguardo, se licuaron en