Amir observaba a Olivia con una intensidad que era casi dolorosa, cada uno de sus movimientos, cada gesto de su rostro, cada inflexión en su voz, eran como un ritual sagrado, un canto de admiración hacia su diosa. Pero esa noche, París no era la ciudad romántica que todos conocían; estaba en llamas. Las llamas danzaban en la distancia, iluminando el cielo en un grotesco destello de fuego y caos, mientras los periodistas clamaban en las pantallas, especulando que al menos seis explosiones habían