Jamil veía sus manos, y Simon sabía que ese maldito relato no era al azar, por lo que trató de evitar que siguiera hablando, aunque no pidiéndoselo con palabras, simplemente comenzó a acariciar su espalda, pero Jamil había sido arrastrado por ese torbellino de recuerdos, ese mismo que no lo dejaba dormir, esos recuerdos que se convertían en pesadilla.
—Cuando el pozo fue tan profundo, como para cubrir mi cabeza, mi padre me ayudó a salir, y fue allí cuando la vi, Elif, la hija mayor del señor A