La sala de parto estaba llena de luces blancas, voces apresuradas y el sonido constante de los monitores cuando Franchesca Pavioli, volvió a apretar con fuerza la mano de Valerio Ferreira.
El dolor era intenso.
Abrumador.
Cada contracción parecía partirle el cuerpo en dos, y aun así seguía adelante, respirando entrecortadamente mientras los médicos le daban instrucciones.
—Muy bien, Franchesca, otra vez… Ya casi está aquí, puja cuando sientas que la contracción viene.— Dijo la doctora