Me quedé un enorme rato estupefacta, viendo la puerta por donde mi futuro patrocinador de dinero se había marchado y me obligué a reaccionar cuando los gritos de una mujer me sobresaltaron de repente.
Volví el rostro hacia un costado y divisé a una señora de entrada en los cincuenta años, con el rostro desagradable, gritándole al pobre chico, es decir, al dependiente de la farmacia con desprecio.
—Te atreviste a venderle anticonceptivos sin una receta médica, ¿acaso estás loco? ¡El protocolo d