—Jamás sabrás cómo soy en la cama—le guiñé un ojo, poniéndome la bolsa en el hombro con las llaves dentro.
Entonces William Flynn recorrió mi cuerpo con la mirada. A pesar de que tenía un abrigo grueso y dos tallas más grandes, mis pechos sobresalían y justo ahí se detuvieron sus ojos.
—Tienes buenos pechos—afirmó, asintiendo, como si estuviera dándole el visto bueno y me sentí desnuda, así que crucé mis brazos como escudo a escrutinio—tal vez eso lo volvió loco porque Barnaby ama los pechos en