Los contratos olían a tinta y café frío.
Chris lo notó antes que nada—el leve rastro químico en sus dedos al pasar otra página, la forma en que el papel rozaba suavemente consigo mismo. Londres estaba gris al otro lado de las ventanas. Ni llovía, ni había sol. Esa luz intermedia que hacía que todo se sintiera en pausa, como si la ciudad contuviera la respiración con él.
"Nada grande," dijo Derek en voz baja. "Nada obvio."
Chris asintió sin levantar la vista. Su corbata se había aflojado en algú