Mia estaba sentada en la mesa de la cocina, mirando fijamente el borde de su té intacto. Sus dedos recorrían la delicada porcelana distraídamente, dejando leves rastros sobre la superficie lisa. Frente a ella, el abuelo Morris pulía sus gafas con un cuidado meticuloso, cada movimiento deliberado y medido.
La abuela rondaba cerca, doblando una pila de servilletas, tarareando suavemente para sí misma. La casa olía tenuemente a pan recién hecho y a ropa limpia—un aroma tranquilo y doméstico que de