El viaje de regreso fue silencioso.
No del tipo cómodo. No del tipo suave que se instala entre personas que saben respirar juntas.
Este silencio tenía bordes.
La lluvia trazaba líneas finas y nerviosas en el parabrisas, difuminando el camino en algo gris e indistinto. Las luces de la ciudad se deslizaban como acuarelas olvidadas demasiado tiempo. Chris conducía con ambas manos en el volante, la mandíbula tensa, la mirada fija al frente. Demasiado fija.
Mia estaba encogida contra la puerta, los