La cocina olía levemente a ajo y mantequilla.
Allen estaba junto a la estufa, una mano apoyada en la encimera mientras la otra removía la salsa a fuego lento en círculos suaves. El vapor se elevaba con delicadeza desde la olla, enroscándose hacia las luces cálidas del techo. El suave zumbido del refrigerador llenaba la habitación, constante y ordinario.
Por un momento, todo se sintió normal.
Ese tipo de calma que llega después de un día largo, cuando la casa finalmente se sumerge en el silencio