De repente, Fernanda ve a Rafael pasando por la calle, listo para irse, y no resiste la tentación de molestarlo.
—¡GUAPO! ¡GUAPO! —grita, con todas sus fuerzas, llamando la atención de todos los que pasan cerca.
—¡Ay, qué horror! ¡Fernanda, contrólate! —reprende Jéssica, con una mezcla de vergüenza y diversión.
El Uber finalmente llega, para nuestro alivio. El conductor, un señor de mediana edad con una sonrisa simpática, nos ayuda a subir a Fernanda al coche.
—Déjala cantar, señorita. ¡La