Davi casi tuvo un ataque.
—Ni de coña — respondió, la voz fría como el hielo, atrayéndome por la cintura con fuerza casi posesiva hacia su pecho musculoso. — A mi Alice, solo yo le pongo la mano. Nadie más. ¿No es verdad, amor?
Miré a esa figura colosal de más de metro ochenta enfurruñado por celos de mi amiga.
—Sí, amor — le di un besito rápido en la boca para evitar que declarara la guerra a Fernanda.
—Yo no digo ni una palabra más — Fernanda puso los ojos en blanco, divertida. — Me voy antes