—Amor —digo, con la voz suave. —Para con esas paranoias. Soy tu esposa, no tu prisionera.
Me atrae con violencia, y caigo sobre él. Me sujeta fuerte, inmovilizándome por completo, y habla, mirándome fijamente a los ojos:
—Sí, eres mi propiedad. Solamente mía. Ni otro te toca. No dejaré que nadie tome lo que es mío. Soy capaz de matar a todos para no compartirte con absolutamente nadie. ¿Me has entendido?
Habla mirándome serio. Por su mirada negra, puedo sentir una obsesión, un trastorno. Por pr