—¡Ah, para qué feo, Davi! —intenté empujarlo, pero él era dos veces más fuerte. —¡Fui a la playa por la mañana! Punto. No necesito pedir permiso para respirar.
En respuesta, apretó su agarre en mi pelo, tirando un poco más para asegurarse de que no desviara la mirada, mientras la otra mano bajaba hasta mi mandíbula, pegando nuestros rostros.
—¿Solo eso? ¿Ninguna mentira? —su voz bajó una octava, cargada de una tensión sexual ridícula de tan obvia.
—Solo eso. Ahora suéltame.
Una sonrisa lenta, a