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— Delicia de mujer... —gruño en su oído. — ¡Córrete toda para tu macho!
Pero no detengo la metida. Mantengo el ritmo firme y demoledor. Ella ya no puede formular ni una frase, completamente entregada al placer y al cansancio.
— ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHH! —da un grito agudo de orgasmo.
Detengo el movimiento cinco segundos, cojo la mordaza de tela de la mesa y la ató con fuerza en su boca, acallando cualquier sonido futuro. La tela apaga sus gemidos, transformándolos en gruñidos apagados.