Al ver la figura, en los profundos ojos de Hans, que ya habían sido ocultados por los deseos, apareció un brillo de sorpresa. Apoyado en su brazo, se sentó en el borde de la cama y levantó con dificultad la mano para hacer un gesto a la chica:
—Ya que has vuelto, ¿por qué te quedas ahí aturdida?
Dafne no respondió.
Como si temiera asustarla, Hans sonrió suavemente y dijo:
—Si no quieres, no te obligaré. Ven aquí, Daf.
Dafne respiró hondo reuniendo el coraje y se le acercó. Hans se sentó en el bo