Capítulo 06.

Bastián Leroy:

—Juro que todas sus pizzas son deliciosas. No hay una sola que no haya probado todavía —dice Jane, una cliente que viene solamente los fines de semana en la mañana.

Según las especulaciones de mi señor padre, esta chica viene exclusivamente por mí.

Aunque yo mejor no opino ni me hago ideas. Ella es muy buena y es linda, suele hablar mucho y me distrae con sus ocurrencias, pero cuando pienso en hacer lo que Brandon me dice, me paralizo. No puedo invitarla a salir, no es algo que me nace.

Entonces, le entrego la caja con su pedido dentro y ella me entrega su tarjeta de débito para pagarme el pedido. Sonriente, la tomo y cuando voy a centrarme en pasarla, veo detrás de ella como alguien se detuvo y ahora me mira fijamente.

Pero qué…. Esperen…

Mi sonrisa es inmediata.

—¿Annette? —En cuanto digo su nombre, presencio como su mascota levanta sus orejas y voltea a mirarme, y entonces, corre hacia mí, soltándose del agarre de su dueña y se postra sobre la caja registradora, acostándose sobre ella y girándose sobre sí mismo o mismo para que le sobe su panza. Yo río con fuerzas por su atrevimiento y Annette lleva sus manos a su frente y niega con su cabeza, antes de empezar a caminar.

—¡Disten! —Levanta su voz, y el gato se pone de pie, antes de trepar sobre mi abdomen y hombro. Se queda allí, entre mi hombro y mi cuello y yo lo sujeto para que no caiga, lo cual es la estupidez más grande del mundo porque ellos son los mejores trepadores y en caer. Caen parados.

—Tranquila, está bien —le digo entre risas.

—Ay, Dios, qué vergüenza —murmura, tapando ahora su rostro ruborizado.

—No pasa nada, por alguna razón los animales me aman. Me gustan mucho y los trato bien —acaricio su pelaje mientras hablo —. Dicen que pueden sentir la bondad y maldad de las personas. Por eso siempre van voluntariamente con quienes saben que estarán a salvo —me encojo de hombros al hablar y veo como Annette descubre su rostro poco a poco, para verme con incredulidad y luego darle una mirada de pocos amigos a su gato.

No entiendo nada.

—¿Estás queriendo decir que soy la maldad en persona debido a que mi gato no se viene voluntariamente conmigo? ¿No quieres también denunciarme por maltrato animal? —Se cruza de brazos. Perfecto, ahora está molesta. Esta chica es, en definitiva, bipolar. O algún problema debe de tener.

—¿Acaso maltratas a tu gato? —Le pregunto.

—¡Jamás maltrataría a Disten! —Exclama, ofendida.

—¿Entonces por qué dices que debería denunciarte por maltrato animal? Aquí quien dice cosas sin sentido eres tú. Yo solo quise explicar una teoría con respecto a ellos —me defiendo.

—¡Una teoría donde los gatos no se acercan a las personas a las que creen malas! ¡Y disten no se acerca mucho a mí, pero yo no soy mala! —Suspira profundamente y luego frunce el ceño, mirando hacia otro lado, haciendo una mueca, como si se quedara pensando en una cosa, para luego añadir: —O eso quiero creer.

—¿Por qué te tomas todo tan literal? —Pregunto con curiosidad. Esta chica es exasperante, pero me gusta los temas de conversaciones que llevamos hasta ahora.

De hecho, los tengo contabilizados:

Si el amor es o no un mito.

El horario más común para una persona escribir.

Si los gatos sienten o no la bondad o maldad en las personas.

Son temas interesantes. Ya tengo curiosidad por saber cuáles serán los siguientes.

—¿Por qué no debería tomarme las cosas literalmente? —Pregunta ahora ella, contradiciéndome.

Un paradigma. Eso es ella.

—Deberías soltarte un poco más y no estar tan metida en las cosas. Cuando te centras en un tema, sufres por ese tema y no te das por vencida hasta que ganas aun cuando obviamente, no tienes razón en lo que dices —no puedo evitar contraatacar.

Llegó el momento de admitir una cosa y es que: desde que discutí con ella la primera vez en esa firma de libros, me gustó hacerlo. Por algún motivo quiero seguirlo haciendo.

Solo que hay una gran diferencia, no me mato pensando en el por qué quiero hacer tal acto, como ella sí lo hace. Para ella es muy importante el saber el porqué de las cosas, y eso no está mal, todo lo contrario, es algo bueno saber de dónde provienen ciertos pensamientos, sentimientos o teorías, lo que está mal es estancarse en eso cuando miles de cosas sobre las que conversar, presenciar o vivir.

Hace poco lo aprendí.

Le agradezco a mi padre por la lección.

—¡Tú no tienes razón en lo que dices! ¡Esa teoría de los gatos es completamente falsa! Y tú, Disten ¡Ven acá! —Descruza sus brazos y mira fijamente a su gato mientras lo señala.

El gato se aferra más a mí y maúlla, acomodándose entre mi cuello. Debo admitir que está más gordo de lo que debería, y por ello pesa un poco, pero es una bola de pelos muy suave.

—Nunca había visto a una mujer ponerte en tu lugar —Brandon se acerca y palmea mi hombro libre sin dejar de mirar a Annette con curiosidad.

Si yo soy curioso, mi padre lo es el triple. Detrás de él se asoma Breidy cargando un jamón gigante.

—Oigan, perdón que interrumpa el teatro, pero necesito que cobres mi pizza para ir a mi casa y comerla estando aún caliente —se queja la chica a la que estaba atendiendo antes de que Annette apareciera con su gato y yo salgo de mi distracción ofreciéndole una disculpa —. Aunque creo que igual ya no está caliente —arrebata la tarjeta de mis manos y toma la caja de la pizza antes de irse sin siquiera despedirse como suele hacerlo siempre.

—Vaya, me parece que ya no tienes pretendiente —dice mi padre aun palmeando mi hombro —. ¿Quién es tu amiga, hijo? Parece un poco molesta… —en definitiva, no es prudente. Ni un poco. Annette ahora nos mira avergonzada.

—Nuestra amiga, papá. Nuestra —mi hermano camina emocionado hacia la escritora y la abraza tan fuerte y con emoción, es como si la conociera de toda la vida. Annette se ve un poco incómoda, pero aun así le da un intento de sonrisa y le corresponde el abrazo.

—Pero... ¿De dónde conocer a esta joven?

—Es escritora, fuimos a la feria del libro y allí estaba firmando uno que sacó hace poco —le explico, sin dejar de mirar como mi hermano deja su brazo sobre los hombros de ella, y ahora tanto ella como él nos miran a mi padre y a mí.

—¿Escritora? —Puedo sentir la emoción en la pregunta de mi padre —. Entonces ella sabe que tú eres… —deja la pregunta en el aire y yo sacudo mi cabeza en negación con rapidez. Volteo a mirar a la chica y nos mira con confusión. Mi hermano se aclara la garganta.

—Ella es Annette Martin y es escritora, pero no te hagas ilusiones, padre. Ella escribe sobre el desamor, porque no cree en el amor. —Annette mira a mi hermano enarcando una ceja cuando escucha su tonito chistoso.

—El amor no lo es todo en esta vida, niña. Yo confirmo que se puede vivir sin él, pero existe. Puedo jurarte que existe.

Ella resopla y trata de guardar su sonrisa mientras quita el brazo de mi hermano que rodeaba su cuello, pero así acercarse al mostrador y por ende, estar más cerca de mi padre y de mí.

En cuanto se acerca, evalúo mejor su aspecto: tiene unas leves ojeras, no tiene ni una gota de maquillaje, su piel es muy blanca, pálida, su cabello largo y negro está suelto y sus ojos marrones me miran con diversión. Está muy abrigada, podría jurar que tiene tres mudas de ropa puestas, y es comprensible porque hace frío, pero no creo que sea como para vestir tan exageradamente.

—Ya veo de donde sacaste tu encanto —no deja de verme cuando dice eso.

—Eso sonó a ofensa, pero lo tomaré como un cumplido —dice mi padre, haciéndonos reír a todos.

—Miren, yo solo pasaba por aquí, estaba paseando a mi gato, conociendo la zona. Soy nueva en este lugar y el olor de este lugar me atrajo, soy una gran amante de las pizzas. El único amor en el que creo es el que siento por la comida… pero ya me tengo… nos tenemos que ir —hace énfasis en ‘’nos’’ —. ¿Podrías regresarme a mi gato?

—Es él quien no se suelta de mí. Está cómodo durmiendo escondido en mi cuello —me burlo.

—Sí, así de traidor es.

—¿Por qué tienes que irte? Es fin de semana. Quédate un rato —propone mi hermano, colocándose a su lado y juntando sus manos en súplica.

—Estaré muy ocupada —ella entra en el área del mostrador, pidiéndole permiso a mi padre para hacerlo y cuando se detiene frente a mí, nos quedamos mirando por unos segundos.

Son segundos que se sienten como una eternidad. Incluso me incita a mirar sus labios carnosos cuando posa sus ojos en mi labio inferior. Mi piel se eriza. En mi vida tuve solo una novia y duramos muy poco, pero jamás sentí algo igual con el más mínimo acercamiento. Quiero que se quede así, frente a mí, para seguirla admirando. No quiero que se vaya.

Pero apenas la conozco y no me atrevo a decírselo.

Y eso podemos sumarle el hecho de que ella se burlaría. Podría pensar que me interesa ser su amigo, pero también podría creer otras cosas con las que no estaría tan errada.

Ella es ese tipo de chica que, en cuanto la conoces, quieres tener su atención, cambiar su mundo y el tuyo también, y, en este caso, hasta hacerla cambiar de parecer. No quiere romance, no quiere amor, no quiere demostraciones que la hagan tomar rumbos desconocidos porque teme hacerlo y que le guste, teme ir por algo nuevo y que luego venga la decepción y la tristeza; prefiere quedarse en su zona de confort, donde su corazón está a salvo.

Teme arriesgarse y a mí me gustan los riesgos.

Todo eso lo supe con mirarla cuando nos conocimos y lo confirmo ahora que nos hemos vuelto a encontrar.

¿Cómo podría convivir con algo así? ¿Algo tan diferente a mí, pero tan atrayente a la vez?

Siento que es un huracán que me atrae cada vez más.

De momento, solo sé que no quiero que se vaya.

—Vamos, Disten —toma al gato y lo deja contra su pecho. Disten se deja hacer por ella y yo estiro mi mano y acaricio su pelaje una vez más.

—Dices que eres nueva en la zona… ¿No es así?

—Sí, señor. —Ella deja de mirarme para observar a mi padre.

—Dime Brandon, niña.

—Brandon… —Repite ella como un robot, haciendo reír a mi hermano.

—¿Comiste ya de nuestras pizzas?

—No. Es la primera vez que veo este lugar —Ella se encoge de hombros y mi padre la mira indignado.

Oh, no.

—¡¿Ni siquiera en alguna de nuestras otras sedes?!

—Jamás había visto estos restaurantes en mi vida —ella me mira avergonzada y con sus ojos muy abiertos, como si temiera por no haberlo hecho nunca. Y debería estarlo, para mi padre es de mal ver el que no conozcan sus pizzerías, somos muy populares en todo el país.

—Tenemos la excusa perfecta para que te quedes. Vas a almorzar aquí.

—Pero… ni siquiera traje dinero.

Sé que miente, pero entonces mi sonrisa se amplía todavía más.

—Con más razón. Nuestra pizzería tiene una ley: si eres cliente nuevo, la primera pizza es gratis.

Cuando termino de hablar, tomo su brazo y la llevo hacia una de las mesas que están libres.

Aiis

Pido disculpas por no actualizar esta historia tan seguido, pero ando de parciales finales en la facultad y el estudio es prioritario. De momento, seguiré subiendo de manera lenta tanto esta historia como la segunda de Amores Millonarios y la que actualizaré más de seguido será ''Snape'', porque esa historia ya está muy avanzada y quiero acabarla cuanto antes. Tengan un poquito de paciencia. Lindo día para todos.

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