La noche era silenciosa, demasiado silenciosa. El tipo de silencio que precede a la tormenta. Diego y yo estábamos en su oficina, revisando la información que habíamos conseguido sobre Montoya. Sabíamos que teníamos que movernos rápido antes de que él lo hiciera primero.
Diego se pasó una mano por el cabello, su mandíbula tensa mientras analizaba los documentos sobre la mesa.
—Si Montoya descubre que estamos detrás de él, no se quedará de brazos cruzados.
Asentí.
—Por eso debemos adelantarnos.