El gran salón zumbaba con el murmullo diplomático, las arañas de cristal proyectaban una luz dorada sobre los suelos de mármol pulido. Me ajusté el blazer, escaneando la sala en busca de rostros familiares, pero mi mente estaba en otro lugar: en casa, con Diego.
Él enfrentaba su propia batalla, una que amenazaba los cimientos mismos del legado de nuestra familia. Un astuto abogado, contratado por un viejo rival, había surgido de las sombras, reclamando derechos sobre nuestra propiedad. Era una