Amaris dibujó una sonrisa que, atisbada por cualquier observador, podría haber sido interpretada como una sonrisa malévola, pero en su interior, era la manifestación de su determinación. Sus labios curvados escondían una amalgama de emociones, tejida con hilos de rencor y anhelo.
Cuando habló, su voz resonó en un tono que era más que palabras; era un eco de la oscuridad que habitaba en su corazón, causando que los vellos en la piel de Greyson se alzaran en respuesta a la inquietante cadencia.
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