“Por favor, detente”, le suplico, pero mis súplicas caen en oídos sordos.
Tenía las manos atadas y cadenas en las muñecas. Estaba suspendida, colgando del techo. Me dolía todo el cuerpo y lo único que quería era que todo terminara.
Si tan solo la diosa de la luna escuchara mi plegaria. Si tan solo pudiera acabar conmigo de una vez por todas. Por alguna razón, me mantuvo con vida y la odiaba por eso.
Envidiaba a los que morían. Iban a una vida mejor después del sufrimiento y eso era lo que yo