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Sabiendo que Risa se proponía pasar la mañana con las humanas, me mantuve ocupado dentro del castillo, atento a cualquier llamado de madre. Si surgía el menor contratiempo, estaba decidido a tomar cartas en el asunto personalmente y al diablo con las consecuencias. Milo advirtió que me costaba concentrarme, de modo que apeló a tratar un tema que despertaría mi interés.

—¿Adónde enviaremos a los humanos? —inquirió trayendo un mapa a mi escritorio—. Aún no lo has decidido, y no es algo p

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