Capítulo 51
Arya.
El humo negro que emanaba de Elian no era neblina, era algo vivo, una extensión de su propia furia que se enroscó en el brazo del mercenario como una serpiente oscura. El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar; en cuanto las sombras tocaron su piel, sus ojos se pusieron blancos y se desplomó contra el suelo, rígido, con el rostro congelado en una mueca de horror absoluto.
Estaba vivo, pero su mente ya no habitaba en su cuerpo.
Con chasquido de Elian, la oscuridad retrocedió,