Su voz grave, en la quietud de la noche, transmitía una sensación reconfortante y cautivadora.
Asentí: —Está bien.
...
De vuelta en la habitación, Sofía me vio y murmuró: —Siempre hace lo mismo.
—Insiste en venir a hablar conmigo cuando estoy por dormir.
—Y cuando no le respondo, me insulta, me dice que soy una mudita...
Sofía se ponía cada vez más triste: —También dice que soy una carga, que si no fuera por mí, papá ya se habría casado.
Las lágrimas le caían en gruesas gotas.
Le sequé suavement