—¿Y bien, Logan? —pregunto una vez más después de un largo rato de silencio, tiempo en el que el pelinegro solo se queda mirándome y sudando como loco, sin saber qué responderme— Estás ocultándome algo, ¿verdad?
—¡No! —sale de su estupor y acorta la distancia entre los dos— No te estoy ocultando nada.
—¿Entonces por qué estás tan nervioso? —Logan se pasa la mano por el cuello, frotándolo varias veces, una clara señal de nerviosismo— Te conozco, sé cuándo estás mintiéndome. ¿Qué pasa? ¿Te estoy