Fernando tragó saliva, sintiendo un amargo sabor en la boca. Giró el rostro hacia la oscura ventana del auto y contempló sin expresión el solitario estacionamiento de la estación. El anciano se sujetó las rodillas temblorosas, incapaz de mirar directamente a los ojos de Isabella.
—Hace unos días... los guardaespaldas de tu esposo me llevaron por la fuerza —comenzó Fernando con voz ronca y temblorosa—. Me obligaron a confesar un fraude de inversión que nunca cometí. Liam incluso me golpeó, Isabe