Isabella bajó cada escalón aferrando con fuerza el bolsillo de su abrigo. El objeto frío, grueso y con forma de USB le quemaba la palma de la mano, convirtiéndose en una prueba tangible de la temeridad que acababa de cometer.
—¿Señorita Isabella?
La voz de Lourdes en el piso inferior hizo que Isabella se detuviera de inmediato. Su cuerpo se quedó rígido a mitad de las escaleras. Isabella se obligó a girarse y miró a la mujer de servicio, que sostenía un paño de limpieza.
—S-sí, Lourdes —respond