La cena había sido una producción elaborada para los estándares de David, quien normalmente consideraba el éxito culinario como cualquier cosa que no activara la alarma de humo. Pero esta noche había velas —las buenas, las que olían a vainilla francesa en lugar de parafina barata— y el apartamento olía a ajo asado y romero, aromas que sugerían esfuerzo real en lugar de comida para llevar disfrazada en platos propios.
Karla había notado las señales desde que llegó a casa del trabajo: la forma en