La habitación de Bella continuaba impregnada de una tibia calidez a pesar de que el sol comenzaba a declinar hacia el oeste. Los dorados rayos de la tarde se filtraban a través de la ventana, dibujando intrincados patrones de luz sobre el brillante suelo de cerámica blanca. La atmósfera en el interior se sentía serena y apacible, acompasada únicamente por el rítmico tictac del reloj de pared y, de tanto en tanto, por los suaves murmullos de Lily, quien dormía plácidamente en la cuna junto a la