Rosie siente peligro ante el agarre determinante de Maximus Livingston. El hombre se ve seguro de continuar, pero ella se pregunta si encontrará de su voluntad. Lo empuja, pero este vuelve a ella como un imán y no sabe si puede resistirlo más. Odia que su cuerpo sea tan débil aunque su mente razonable le grita que debe salir del despacho.
—¡Debe detenerse, señor Livingston! —le dice Rosie con determinación.
—¿Me tienes miedo, señorita Harper? —Maximus la agarra del cuello, y no es un agarre d