El caos se desató.
Sintió un vuelco en el estómago; el calor que sentía en su zona íntima se intensificó tanto que pensó que se iba a desmayar allí mismo de la pura excitación. Era un gesto tan íntimo, tan sucio y a la vez tan dominante, que le recordó que ella le pertenecía por completo.
Justo cuando ella iba a abrir la boca para suplicarle, para decirle que ya no aguantaba más y que necesitaba que la sacara de allí… — Señor Livingston, disculpe la espera. Aquí tenemos el broche de oro para esta noche —anunció e