—Sofía.
Sofía levantó la vista de su teléfono.
—¿Sí?
Marcus estaba cerca de la puerta, con la chaqueta puesta y las llaves en la mano. Parecía tan sereno como siempre, pero sus ojos se detuvieron en ella un segundo más de lo necesario.
—Volveré en una hora —dijo—. Dos como máximo.
Ella asintió. —Lo sé.
—No tienes que quedarte —añadió—. Pero no te alejes demasiado... puedes dar una vuelta por el recinto y estirar un poco las piernas.
Ella arqueó una ceja. —¿Eso fue una orden o una afirmación? Po