Punto de vista de Julio
Mateo no respondió a mi pregunta, ni con un gesto, ni con un parpadeo, ni siquiera con uno de sus característicos gestos de enfado.
Simplemente se apartó de mí como si fuera una lámpara a la que acababa de quitar el polvo.
Con los labios ligeramente entreabiertos, lo vi entrar en la sala y dejarse caer en el sofá con un pesado y exhausto golpe.
Levantando la vista, sus ojos se posaron en su taza, que estaba en la barandilla. Iba a llevársela, pero entonces recordé que él