Ambar
Sentada en mi escritorio, me aseguré de que todos los archivos estuvieran listos para la presentación. Sabía que la presión estaba sobre nosotros; los inversionistas no se impresionan fácilmente, y cada pequeño detalle cuenta. Mientras revisaba por quinta vez mis notas, escuché el sonido familiar de pasos acercándose.
—¿Ambar, sigues viva por ahí? —La voz bromista de Juan, uno de los diseñadores gráficos del equipo, me sacó de mis pensamientos.
Levanté la mirada, sonriendo. —Si por “viva”