―Buenas noches, señor Karras ―saludó Nohemi tras el conato de infarto inicial. Suprimió todas las palabrotas que brotaron de su cerebro, irguió la espalda y se giró en dirección al hombre.
La pelirroja tuvo que admitir que su imagen quitaba el aliento. Zeke Karras tenía unos ojos muy azules, el color era tan particular que no podías dejar de notarlos apenas lo mirabas. Después de eso, quedaba su rostro, de líneas fuertes y definidas, con cejas gruesas que reforzaban la mirada penetrante.
Era un