Zeke corrió en dirección a la pelirroja, cuando la tuvo al alcance de sus manos, la alzó en el aire y la abrazó con fuerza. Estaban tan cerca que podían sentir el latir del corazón del otro.
―Estoy bien ―susurró ella, dándole palmaditas en el pecho, ni siquiera podía abrazarlo de vuelta porque se encontraba atrapada en el firme agarre del hombre―. Solo estoy hambrienta… ―dijo con algo de frustración.
Como para enfatizar sus palabras, el claro sonido de su estómago gruñendo opacó el resto de los