Los ojos de Scott la recorrieron de arriba abajo como rayos láser. Observó su chaqueta y falda, su bolso, hasta sus zapatos. Luego, lentamente, volvieron a su rostro.
—Llegaste temprano —dijo—, y eso es bueno. Siéntate.
Vivian se dirigió a una de las sillas frente a su escritorio con una naturalidad que no sentía. Se sentó y resistió la tentación de cruzar las piernas, recordándose a sí misma que aquello era una oficina y no el restaurante al que estaba acostumbrada. Dejó caer el bolso a su lad