En la sala de parto del Palacio Obsidiano, que ahora parecía más un montón de escombros que una morada noble, el tiempo parecía haberse congelado en un cuadro de sufrimiento.
Alaric, en su aterradora forma de Apex Destroyer, permanecía inmóvil junto a la cama donde yacía el cuerpo rígido de Aria.
El aura roja que emanaba de su cuerpo ya no bullía de ira; ahora fluía lento, denso y frío una señal de que el Emperador se encontraba en el punto más profundo de la desesperación, capaz de desencade