La nieve caía con más fuerza mientras ingresábamos al bosque de pinos que separaba el Imperio Lycan de la frontera de Luna de Plata. El viento aullaba, llevando un aroma picante a pino y un frío que llegaba hasta los huesos. Sin embargo, dentro de la pequeña carreta que usábamos para disfrazarnos, el ambiente se sentía insoportablemente caliente.
No era por el fuego mágico, sino por Alaric.
Desde que dejamos el castillo, la marca en mi hombro latía con un ritmo extraño. El calor se extendía por