—Te hice una pregunta, Montenegro —repitió Emilio Vargas, alzando la voz, tensando los músculos de los brazos y aferrando el marco de la puerta con más fuerza—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí a las siete de la mañana?
Darío no parpadeó, no le dedico ni una sola mirada al arquitecto, sus pupilas os