Darío se quedó completamente quieto por un instante, respirando agitado contra la frente de ella, dándole el tiempo necesario para acostumbrarse a su tamaño y a la intrusión.
—Mía —le gruñó Darío, sosteniéndole la mirada, reclamando cada parte de su ser—. Dilo, Victoria, dímelo.
—Tuya —respondió ell