Cassandra llamó a las ocho y doce.
Roberto Castellano había sido autorizado para el alta. Su médico tratante había firmado la liberación esa mañana. Estaba móvil, estable, y para el mediodía ya no estaría en el hospital en el cuarto piso ala este donde el hombre de Sorin en el vestíbulo había estado leyendo el mismo periódico durante once días.
Alessandro puso la llamada en altavoz sin que se lo pidieran.
Lo hacía ahora. Había comenzado en algún momento alrededor del Día Veintinueve y no había