Rodrigo llevaba nueve minutos fuera.
Elena lo sabía porque había mirado el reloj seis veces.
Lucía no decía nada.
Solo estaba sentada frente a ella en la cocina, con las manos alrededor de una taza de café ya frío y la mirada fija en la puerta como si pudiera sostenerla cerrada con pura voluntad.
Arriba, Sofía dormía.
O eso querían creer.
La casa estaba en silencio.
Pero ya no era un silencio inocente.
Era el silencio de después.
Después de la patrulla.
Después de la llamada.
Después de la foto