Anastasia entra con una bolsa de papel en una mano y un vaso de café en la otra. En cuanto su mirada se fija en Arman y nota que este ya se encuentra despierto, su expresión se ilumina con un alivio tan palpable, que el pelinegro no puede evitar sentirse culpable por preocuparla.
—¡Por fin despiertas! —exclama, terminando de entrar en la habitación y dejando sus cosas en la mesita junto a la cama—. Pensé que tendría que aguantar más horas viéndote dormir como un príncipe encantado. Te juro que