Nikolay yace sobre el estrecho catre de metal de su celda, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y los ojos fijos en el techo sucio y agrietado. Su expresión es tranquila, casi relajada, llegando al punto de ser escalofriantemente contrastante para alguien en su condición. Pero si se le presta mayor atención, es fácil notar que la sonrisa que se dibuja en sus labios está cargada de una satisfacción oscura, como la de un depredador que sabe que su presa está justo donde la quiere y pronto