Mervin aprovechó la oportunidad única que se presentaba: la mansión estaba desierta, y Olegda se encontraba sumida en sus pensamientos en la habitación. La tenue luz de la tarde se filtraba a través de la ventana entreabierta, iluminando la estancia con tonos dorados.
Con pasos sigilosos, Mervin se acercó a la puerta entreabierta, su corazón latiendo con la anticipación de lo que estaba a punto de hacer. Olegda, ajena a su presencia, estaba absorta en la contemplación de la ciudad que se extend