El aire nocturno en la pequeña ciudad portuaria de Barranquilla era húmedo y salado, muy distinto al clima frío y montañoso de Bogotá.
Valentina descendió del autobús interprovincial con las últimas fuerzas que le quedaban.
El vestido de novia de seda, que alguna vez valía miles de dólares, ahora no era más que un montón de tela sucia y rasgada por la parte inferior, haciéndola parecer un fantasma en la penumbra de la terminal de autobuses.
No tenía rumbo. No tenía teléfono. Solo llevaba un p